PUNTO Y APARTE

Mucha gente, sin percatarse, cuando visita un edificio municipal, una escuela o un museo puede darse cuenta de que hay una pintura con motivos históricos en las paredes, a eso se le llama muralismo.

El muralismo en México fue un movimiento artístico que nace después de la revolución y que desde su concepción fue político; decimos que es político ya que mostraba la historia del pueblo enalteciendo a los trabajadores y tratando de construir una identidad nueva de la nación a través del repaso de las imágenes de la historia, pero rompiendo los estigmas instalados desde la época colonial; además que las cabezas de este movimiento eran intelectuales de izquierda y la cuna de este movimiento la Escuela Nacional Preparatoria. 

David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera sentados de izquierda a derecha.

La importancia de este movimiento radica en su objetivo principal, que es el de incluir la mayor cantidad de gente posible como talladores de madera o artesanos que ante los artistas consagrados eran nadie, pero para los jóvenes muralistas eran sus cómplices y querían que se sintieran incluidos en el proceso de la elaboración de estas obras pictóricas. También se buscaba incluir a la gente normal, que pudieran ser por primera vez un sujeto consumidor del arte y aprendieran de su historia mediante las paredes. 

El muralismo se volvió el movimiento estrella en México y la fascinación de los extranjeros, volviendo a tres pintores en rockstars:  David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco..

¿Y las mujeres? Al igual que las artistas surrealistas como Leonora Carrington o Remedios Varo, las primeras muralistas fueron mujeres extranjeras –Ione Robinson o Marion Greenwood, por ejemplo- que escapaban de la guerra y en México encontraron un nuevo hogar, con el tiempo entraron mujeres mexicanas a la escena como Aurora reyes –quien es reconocida como la primer muralista mexicana- Elena Huerta o María Izquierdo.

María Izquierdo es una figura interesante debido a que en su obra puso intensos colores, y elementos del circo y tradiciones mexicanas fusionadas con elementos surrealistas o expresionistas; fue una pintora que fue halagada por Antonin Artaud que decía que Izquierdo “está en comunicación con las verdaderas fuerzas del alma india”. Izquierdo también es importante por montar su primera exposición a los 29 años y porque es la primera artista plástica en exponer fuera de México en el Art Center de Nueva York y logrando que su obra estuviese en lugares desde Tokio a París. Izquierdo es reconocida también porque decidió poner el silencio y el dolor de la mujer en sus pinturas en vez de ser la maestra, la patria o la madre, pero también la admiramos porque no tuvo miedo y denunció abusos de poder y monopolios por parte de los tres grandes; era un acto de valentía para su época saber que era talentosa y estar consciente de que no era justo que su talento fuese ocultado ante los ojos del pueblo. 

La pintora María Izquierdo captada por Lola Álvarez Bravo.

Para ponerlos en contexto del conflicto entre María Izquierdo y los tres grandes todo empieza cuando María iba a realizar un mural en 1945 en Palacio nacional y firmó un contrato con Javier Rojo Gómez –jefe del departamento general del Distrito Federal-, pero terminaron poniéndole muchas trabas y al final el funcionario del departamento le comentó que el proyecto no se iba a realizar. Se comenta que el licenciado Rojo Gómez les preguntó a Rivera y Siqueiros sobre su trabajo y ellos mencionaron que no estaba capacitada para trabajar y era mejor moverla a un edificio menor de la Ciudad de México, irónico esto ya que tiempo atrás Rivera elogió su trabajo. ¿Por qué el cambio de opinión? No hay razones concretas, algunos piensan que Diego prefería impulsar al colectivo –los fridos- de su esposa Frida Kahlo que a otras mujeres, y otros que Siqueiros y Rivera no querían perder el mérito de ser de los pocos de haber pintado murales en Palacio Nacional. Izquierdo no se quedó callada y protesto en cartas, denuncias y artículos, pero su respuesta artística más contundente fue La música y la tragedia (1946) para demostrar que las mujeres también pueden crear. María Izquierdo menciona algo poderoso: “Es un delito ser mujer y tener talento”.

La música y la tragedia (1946) de María Izquierdo.

Al igual que en la ilustración, que era un movimiento que quería educar a todos los hombres, pero que solo permitía a unas cuantas mujeres participar – en el caso de la ilustración las salonnières: mujeres de clases acomodadas que participaron en los salones de debate intelectuales, pero su influencia quedaba limitada a esos espacios privados- en el muralismo solo se permitió que unas cuantas mujeres participaran. Como decía Virginia Woolf en Una habitación propia: si una mujer quiere crear arte necesita tener un capital económico y el muralismo no era una excepción. Entre los requisitos para ser una mujer muralista eran ser de clase alta –en aquel entonces la gente burguesa eran los únicos que se permitían estudiar artes- y haber convivido con alguno de los tres grandes primer, además de que si pasaban estas reglas aún así terminaban siendo relegadas a pintar en pequeños edificios como mercados, escuelas en la periferia y los gobiernos no se aseguraban de la preservación de su trabajo.

En el arte muchas veces la mujer artista ha sido obligada a ser la musa, la fuente de inspiración del artista, la mujer podía sobrevivir con el tiempo a través de la mirada del hombre, no a través de sus propias palabras y su percepción de sí misma. ¿Quiénes eran realmente estas musas? Algunas eran artistas que terminaron siendo relegadas u olvidadas, otras que con el tiempo fueron redescubiertas gracias al trabajo del feminismo y la búsqueda de descentralizar a los hombres del canon. Las mujeres siempre han estado ahí, el problema es que recientemente empezamos a verlas. Lo curioso es ver cómo otras mujeres incentivan a que las demás hagan arte como la cineasta Agnes Varda que sugirió que las mujeres se grabaran; o la fotógrafa Linda McCartney que invitaba a revalorizar el ámbito doméstico mediante la lente de su cámara mostrando que se puede ser una madre sin renunciar a tus sueños, tus oficios y a tu individualidad.

En literatura –área donde me especializo- se menciona que hay un “segundo boom latinoamericano femenino” en la actualidad, pienso que, desde el primer boom latinoamericano había un cierto grupo de escritoras que estaba ahí o que ayudó a sentar las bases del movimiento. Estas escritoras son figuras que el público general está descubriendo y que los docentes de letras y alumnos están incorporando con más fuerza: La hora de la estrella de Clarice Lispector, Oficio de Tinieblas de Rosario Castellanos, Los recuerdos del Porvenir de Elena Garro, Los días de Silvina Ocampo, etc. Hay algo peculiar y es que muchas veces en las generaciones literarias o vanguardias siempre hay al menos una mujer que está ahí solo que no nos percatamos, un caso propio es cuando me di cuenta que, en la generación del 27, aquella generación donde estaba Federico García Lorca o Luis Cernuda también había maravillosas escritoras como María Zambrano, Concha Méndez Cuesta o Ernestina de Champourcín.

Concha Méndez Cuenca, autora española integrante de la Generación del 27.

Mientras investigaba una respuesta para mi pregunta del por qué no conocemos mucho sobre artistas mujeres, encontré el artículo de 1988 ¿Por qué no han existido grandes artistas mujeres? de Linda Nochlin, quien se plantea esta pregunta y se da cuenta que una de las razones principales del que no proliferen las artistas femeninas en comparación a los artistas masculinos es la estructura social de la época:

“La situación total de la creación artística, tanto en términos de desarrollo del creador artístico como en la naturaleza y calidad de la obra de arte en sí, ocurren en una situación social, son elementos integrantes de esta estructura social y están mediados y determinados por instituciones sociales específicas y definidas, sean éstas academias de arte, sistemas de patrocinio, mitología de un creador divino, el artista como el hombre o proscrito social. Ahora podemos tener un acercamiento a nuestra pregunta desde un punto de vista más razonable, ya que parece probable que la respuesta del por qué no han existido grandes artistas mujeres no reside en la naturaleza del genio individual o en su falta, pero sí, en cambio, en las instituciones sociales previstas y en lo que ellas prohíben o fomentan en diversas clases o grupos de individuos.”

Nochlin menciona que no es que las mujeres no sean lo suficientemente buenas, sino que las instituciones no permiten su descubrimiento o la difusión de sus obras. Curioso que gracias al internet hemos conocido artistas femeninas de todo el mundo, que ahora no solamente las mujeres burguesas sino también las proletarias. Como consumidores del arte debemos empezar a ver el arte femenino para ampliar nuestros panoramas y dejar de ver a las artistas como “la esposa de”, “la hermana de”, “la estudiante de”, sino como sujetos capaces de crear piezas artísticas que están a la par o son superiores a la de sus pares.