DUERMEVELAS

Los ríos profundos no es una novela extraña para la literatura hispanoamericana del siglo XX. El impacto moderado que tuvo en la región al momento de su publicación —1958— no la exime de ser una de las grandes interlocutoras de la orquesta literaria que construyó —se sigue construyendo, heterogénea y compleja— un concierto cultural reconocible y reconocido de América Latina. 

El tránsito del protagonista entre el mundo mágico y la cruenta realidad, la construcción de una sociedad en pugna y la arquitectura poética le permiten dialogar naturalmente con Balún Canán (1957) de la escritora mexicana Rosario Castellanos, o con Concierto Barroco (1974) del cubano Alejo Carpentier. Más aún con la obra de su contemporáneo y compatriota, Ciro Alegría.

En Los ríos profundos, el escritor peruano José María Arguedas (1911 – 1969) explora la incipiente vida de Ernesto, el protagonista, a través de una grieta. Ernesto experimenta sus 14 años de edad atrapado en medio de la delgadísima fisura —histórica, social, cultural y política— entre la cosmovisión indígena y la comunidad católica. Hijo de un abogado errante que busca clientes en distintos pueblos andinos de Perú, el adoscente se enfrenta al misterio de las viejas construcciones incas en las que ahora viven acaudalados terratenientes, quienes tienen a su servicio a trabajadores indígenas. En el Cuzco, la primera ciudad que visitan cuando arranca la novela, los muros de piedra hablan, cantan, serpentean en llamas como vestigios de un pasado enigmático que todavía palpita en los ojos de Ernesto. 

José María Arguedas conoció a profundidad la vida de los indígenas en Perú.

La trama llega a su primer punto de quiebre cuando el papá de Ernesto deja a su hijo internado en un colegio católico en el pueblo de Abancay, mientras él cruza los ríos que emergen de las montañas y parte rumbo a Chalhuanca, sitio en el que se busca conseguir un patrimonio para los dos, harto ya de vagar sin pertenecer a ningún lado. La separación marca el destino de Ernesto; por un lado, la soledad pesa en sus hombros, como es natural para un adolescente que toda la vida ha convivido con su padre; por otro lado, las puertas del mundo se abren para Ernesto entre el hechizo y la violencia, entre el desenfreno juvenil y el castigo divino. 

La escisión del mundo de la que hablaba anteriormente se cristaliza durante el periodo en que Ernesto permanece en el colegio. La interiorización del mundo indígena que palpita en él discrepa con el desprecio de la sociedad católica-militar hacia las comunidades marginadas a las que verdaderamente admira. Aunque transita en la leve fisura de esos dos mundos, la senda de Ernesto se inclina hacia la cosmovisión inca, cuyos latidos son el elemento más precioso de la novela: la lengua. Las palabras resguardan el universo en el que él mismo siente el espíritu y la electricidad de las cosas. El zumbayllu, un trompo con agujeros a través del cual canta el viento, se convierte en el centro de atracción para los estudiantes del colegio, pero ante todo es el mensajero más valioso y elocuente de Ernesto, con el que le manda avisos a su padre a través del aire y el agua. 

Si bien predomina la narración en primera persona desde la perspectiva de Ernesto, a ratos gana terreno un relator omnisciente que ilumina las articulaciones de la lengua quechua, en la que florece la música de la naturaleza mítica.

“La terminación quechua yllu es una onomatopeya. Yllu representa en una de sus formas la música que producen las pequeñas alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Esta voz tiene semejanza con otra más vasta: illa. Illa nombra a cierta especie de luz y a los monstruos que nacieron heridos por los rayos de la luna; Illa es un niño de dos cabezas o un becerro que nace decapitado […] son illas los toros míticos que habitan el fondo de los lagos solitarios, de las altas lagunas rodeadas de totora, pobladas de patos negros.”

En ese sentido, el idioma descifra la relación del individuo con su entorno, la de Ernesto con la naturaleza que reordena el mundo con la frase que pronuncia el río o la sombra que cobija a las aves o a la amank’ay, una flor silvestre de corola amarilla. Pero al igual que las palabras quechuas, la música andina embruja a las comunidades indígenas de Abancay. El pinkuyllu y el wak’rapuku, instrumentos de la región que sólo tocan los elegidos, conducen al trance, a la fiesta desenfrenada reprimida por el recelo de la Iglesia. 

“La voz del pinkuyllu o del wak’rapuku los ofusca, los exalta, desata sus fuerzas, desafían a la muerte mientras lo oyen. Van contra los toros salvajes, cantando y maldiciendo; abren caminos extensos o túneles en las rocas; danzan sin descanso, sin percibir el cambio de la luz ni del tiempo.”

Arguedas también publicó estudios antropológicos sobre música andina.

Cabe decir que la pasión de Arguedas por la música andina no está presente nada más en Los ríos profundos, sino que fue uno de los grandes temas que estudió en su obra antropológica e incluso recopiló y tradujo al español canciones quechuas. El propio Mario Vargas Llosa cuenta que lo escuchó cantar una tonada en junio de 1962 en la peña Pancho Fierro de Lima, un espacio de conservación y difusión de arte popular índigena peruano —fundado entre 1935 y 1936 por las hermanas Alicia y Celia Bustamante, con quien se casó— en el que José María Arguedas se desenvolvió como escritor. Ahí conoció a pintores, poetas e intelectuales nacionales y extranjeros. 

Si bien Los ríos profundos cuenta las experiencias personales de Arguedas —al igual que su personaje Ernesto, el autor viajó por la sierra acompañando a su padre, se internó en el colegio Miguel Grau en Abancay y visitó las haciendas aledañas al río Apurímac—, la novela supera la autobiografía. La travesía del adolescente reúne la experiencia latinoamericana del mestizaje como terreno de conflicto inacabado, en el que el dogma judeocristiano no logra sepultar los murmullos de culturas —de lenguas— antiguas. La obra maestra de Arguedas dota de ojos y corazón a la orfandad juvenil, en cuya soledad se asume la vulnerabilidad ante el mundo, el deseo de amar y la inquietud de reconocer que el hogar, o la familia a la que se pertenece, está imposibilitada de derramarse como la luz del sol, tibia y abundante. Precisamente la natural agitación de los primeros años de vida del ser humano —que imagino como una línea quebrada pero sostenida— traza el eje central de la novela. Es la juventud el agua que corre en esos ríos profundos que desembocan desde el corazón de las montañas. 

1958 es un año crucial para la literatura latinoamericana. Por un lado, se publica Los ríos profundos en la editorial argentina Losada, pero también aparece La región más transparente del autor mexicano Carlos Fuentes, que inaugura el llamado Boom. Ambas novelas caminan por sendas opuestas: la de Arguedas reivindica el indigenismo, mientras que la de Fuentes atrae a la narrativa de la región el crecimiento de la urbanidad y la transformación de las ciudades modernas. 

Si bien la obra maestra de Arguedas no pasó desapercibida en su país, la acogida general fue modesta, beneficiada en gran parte por los artículos que publicó Mario Vargas Llosa y Saúl Yurkevich, el poeta y profesor argentino. Sin embargo, Los ríos profundos alcanzó el reconocimiento total de la crítica hasta 1969, año en que José María Arguedas se suicidó.